Nuestro organismo está constituido por un conjunto de células, que se dividen de forma regular con el fin de reemplazar a las ya envejecidas o muertas y mantener así la integridad y el correcto funcionamiento de los distintos órganos.
Este proceso está regulado por una serie de mecanismos que indican a la célula cuándo comenzar a dividirse y cuándo permanecer estable.
Cuando estos mecanismos se alteran en una célula, esta y sus descendientes inician una división incontrolada que con el tiempo dará lugar a un tumor o nódulo.
Si estas células además de crecer sin control adquieren la facultad de invadir tejidos y órganos de alrededor (infiltración) y de trasladarse y proliferar en otras partes del organismo (metástasis) se denomina tumor maligno, que es a lo que llamamos cáncer.

Cuando las células tumorales, con capacidad de invadir los tejidos sanos de alrededor y de alcanzar órganos alejados e implantarse en ellos, están ubicadas en el útero hablamos de cáncer del útero o endometrio.

Este tumor maligno, puede crecer de tres maneras:
Crecimiento local: se puede producir de dos maneras: por extensión directa al cuello del útero, o desde el endometrio (capa más interna del útero) hacia el miometrio que se encuentra por fuera.
Diseminación linfática: el útero posee una rica red de vasos linfáticos que permiten el drenaje de la linfa a múltiples regiones ganglionares. Si el cuello del útero está afectado se incrementa el riesgo de invasión de los ganglios de la pelvis.
Diseminación hematógena: esta diseminación es muy poco frecuente. Cuando aparece, se produce a través de los vasos sanguíneos, preferentemente hacia el hígado, pulmones, huesos y cerebro.
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